IM 70.3 Cap Cana 2026
- Felipe Camacho

- 4 days ago
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Uno arranca un Ironman pensando en tiempos, ritmos, PR, nutrición y estrategia… hasta que la carrera decide ponerle otras reglas al día.
Porque hay momentos donde deja de importar el tiempo que querías hacer o el plan que habías imaginado. Y todo se vuelve mucho más simple: resolver, adaptarse y seguir avanzando bajo el sol cuando las cosas empiezan a salir distinto a como esperabas.
Y creo que eso fue exactamente Cap Cana para mí.

Desde antes de arrancar íbamos súper bien. Habíamos revisado todo: la ruta, la logística, el parqueadero, la transición… todo. El parqueadero me preocupaba porque normalmente son esos sitios enanos donde caben cinco carros y el estrés empieza a invadir la mente desde temprano. Pero le preguntamos a una pareja en el condominio y nos dijeron que el parqueadero era enorme y que ellos también se iban en carro. Optamos por la misma estrategia y sí… era un potrero gigante donde seguramente en un par de años habrá un hotel all inclusive.
Cuando salíamos del apartamento vimos gente esperando Uber en recepción y nos ofrecimos a llevarlos. Ya lo habían pedido, así que arrancamos nosotros solos felices porque desde ahí sentíamos que todo estaba saliendo según lo planeado.
Además, esta vez sí nos habíamos preparado específicamente para el calor. Hicimos tres tri-camp con el equipo, entrenamos varias veces bajo ese sol infernal de Anapoima, Girardot y Nariño y tratamos de acostumbrar el cuerpo. Pero aun así… uno nunca está listo para competir en calor.
Yo siempre digo molestando que “este blanquito monito” no nació para el calor y, por más que entrene, siempre va a sufrir jajaja.
Llegamos temprano al parqueadero, dejamos todo en la transición, inflamos las bicis, hicimos fila al baño, organizamos las cosas y empezamos a caminar hacia la natación. Íbamos bien de tiempo para coger puesto adelante en el grupo de 30'-35’. Seguramente nadaríamos en 38'-40’, pero sabemos que mucha gente se mete donde no corresponde y eso vuelve la natación un trancón. Salir quince minutos más atrás pasa factura después corriendo al mediodía.
Cuando llegamos a la playa nos dimos cuenta de que no todas las carreras funcionan igual.
En Panamá uno dejaba la morning bag en la salida de la natación para poder llevar las chanclas, el celular, la comida y demás.
Pero no. La morning bag se dejaba en la transición. Pero la transición ya estaba cerrando.
Entonces nos tocó pegarnos el pique de regreso con la maleta porque pues las chanclas vale huevo… pero los celulares y las llaves del carro no las íbamos a dejar tiradas detrás de una palmera.
Corrimos de vuelta, entramos cuando ya no había nadie (ya estaba cerrada pero nadie nos impidió el paso), dejamos la maleta al lado de la bici, cogimos gafas y gorro y arrancamos otra vez para la salida. Ahí vimos un man apenas devolviéndose con la morning bag y pensé: “ese man todavía tiene que ir hasta allá y volver… menos mal íbamos bien de tiempo”.
Cuando regresamos a la playa ya todo estaba lleno. Escasamente logramos meternos con el grupo de 40'-45' porque ya no dejaban pasar más gente. Empezamos a sudar ahí parados y yo solo pensaba que me iba a deshidratar incluso antes de arrancar.
Lau me dijo que nos saliéramos y que daba igual porque ya habíamos perdido el puesto adelante… pero ni locos. Eso eran otros quince minutos más y con peor trancón.
Entonces nos quedamos ahí y le dije: “Bueno… por lo menos estuvo buena la calentada”.
Tocaba verle el lado positivo.

La natación estuvo chévere. Más movida de lo que esperaba. Yo me fui un poquito más abierto porque había mucha gente frenando, caminando, atravesándose y sacando la cabeza, entonces preferí abrirme y pasar por afuera aunque seguro por eso terminé nadando cien metros más.
Nunca logré pegarme realmente a alguien. Hubo un momento donde un man me pasó y dije: “Listo, aquí me voy pegado”.
Pero como a los veinte metros desapareció.
Chupar pies en carrera para mí todavía sigue siendo un misterio. Ni en triatlón ni en Oceanman lo he logrado.
Los últimos metros sí estuvieron deliciosos. Cuando nadamos el día anterior sabíamos que la corriente nos iba a llevar y le había dicho a Lau que tocaba montarse en la ola. Uno siente cómo el agua lo chupa pero después lo escupe y ahí toca hacer Superman y dejarse llevar.
Digamos que medio lo logré.
Salimos del agua y venía el trotecito eterno hacia la transición. El mismo que ya habíamos hecho de “calentamiento” unas horas antes. Yo no me eché un pique ni nada. Iba trotando suave porque igual faltaba muchísimo día todavía.

La transición la tenía "clarísima". Sabía qué hacer paso a paso.. pero apenas llegué metí los pies en una piscinita de esas de niños para quitarme la arena y dos segundos después pensé: “Qué huevón… si tengo agua en la bici para echarme”.
Me senté tranquilo a ponerme las medias porque ya sabía que me las iba a poner sentado.
En Panamá intenté parado y terminé peleando con ellas hasta que me tiré al piso.
Sí, seguramente pierdo treinta segundos ahí, pero me desespera sentir arena y terminar con ampollas. Además eran las medias verdes que yo digo que son del equipo, con las que entrené todo el tri-camp, así que tocaba correr con esas.
Bloqueador, casco, gafas, corrida a la línea de monte, saltico a la bici y arranqué.
Y ahí empezó la verdadera carrera.
Nunca me sentí espectacular en la bici. Pesado. Como si las piernas siguieran dormidas. También venía de varios días prácticamente quieto por la gripa y creo que eso se sintió muchísimo arrancando. Como si el cuerpo todavía no entendiera bien qué estaba pasando.
Pero bueno… iba bien.
Hasta el kilómetro 18.
Sentí la bici rara. Como rebotando.
“Uy pucha… se me está desinflando”.
Terminé el repecho y paré arriba.
Pinchado.
Empecé a desmontar la llanta y ahí fue donde me acordé de todas las veces que Luisfer y Osquitar me cambiaban los neumáticos mientras yo miraba y decía:“Sí sí, ya aprendí”.
Mentiras. No había aprendido un culo jajaja.
Pasó Lau y me preguntó si quería que parara. Le dije que no, que yo resolvía y que ella no perdiera tiempo. Además, si yo no sabía despinchar, ella menos jajaja.
Mis corazas son durísimas. Las mismas con las que fui a Italia. Las mismas que en El Águila rompieron tres neumáticos y al final tocó bajarme en moto.
Esas.
Entonces ahí estaba yo, bajo el sol, peleando con las palas. Se doblaban, se doblaban… y se rompían.
Intenté con las manos como Osquitar y Luisfer y me empezaron a salir ampollas, así que volví a las palas.
Había roto dos y me quedaba una.
Poquito a poco.
Poquito a poco.
Hasta que también se rompió.
Y ahí sí me senté al borde de la carretera a mirar el horizonte pensando que hasta ahí había llegado el día.
En esas pasó un man preguntando si estaba bien. Le grité que se me habían roto las palas y siguió derecho. Yo pensé que para qué preguntaba si no iba a hacer nada.
Pero como cincuenta metros adelante hizo la U.
Volvió. Sacó unas palas de la NASA, y se quedó conmigo un par de minutos.
Cuando vio que eso iba para largo me dijo que me quedara con una, que cualquier cosa él resolvía con las otras dos.
Y arrancó.
Y ahí fue donde la carrera cambió completamente.
Ya no era una carrera para hacer PR.Ya no era Panamá.
Era simplemente tener paciencia, resolver y llegar.
Logré montar la llanta. Inflé con la única bala que tenía y arranqué.
Veintiocho minutos perdidos.
Pero más allá del tiempo, lo que pega duro es lo que viene después: media hora más de sol, media hora más solo, media hora más desgastado y media hora más tarde para correr.
Ahí ya la carrera era otra.
El regreso en bici fue durísimo. Mucho viento. Muchísimo. Había momentos donde simplemente cambiaba la dirección del viento y automáticamente subía cinco kilómetros por hora sin hacer nada diferente.
Iba solo. Muy solo.

Pasaba gente, pero los que uno pasa cuando ya va tarde: el gordito de ciclovía que me había adelantado mientras despinchaba o el gran nadador que sale rapidísimo del agua y después pierde tiempo en la bici y corriendo.
Después de un par de horas peleando con el viento y el dolor de espalda, seguramente de la acurrucada despinchando, por fin vi unas banderas y unas carpas y pensé: “Uy pucha, ya llegué”.
Me tomé el último sorbo de Carbs, me comí el Maurten con cafeína y me quité los zapatos rapidísimo.
Pero faltaba como un kilómetro todavía.
Entonces ahí iba yo… pedaleando descalzo y “perdiendo” todavía más tiempo.

La corrida arrancó pesada. Muy pesada.
Ya eran casi las once y media y el calor estaba durísimo. Había un par de nubes y algo de sombra, pero el bochorno seguía igual. El pavimento caliente y en la corrida no se movía una hoja. Sentía el calor pegándome en los cachetes.
Empecé el primer kilómetro suave tratando de soltar las piernas. Pero el reloj me asustó y vi que iba a pace de ocho.
Así nunca iba a terminar.
Arranqué con mi paso normal e intenté sostener el ritmo. Como en el kilómetro cinco me pegué un rato a unos costarricenses que iban bien, pero yo sabía que eso no me iba a durar mucho.
En la marina eran dos vueltas y ellos ya iban terminando mientras yo apenas empezaba la segunda.
Y ahí fue cuando todo quedó completamente solo.
Llegamos al giro, todos siguieron derecho hacia la meta y yo me quedé doblando solo para arrancar los últimos doce kilómetros.
Casi que quería seguirlos también jajaja.
Y ahí empezó la matemática mental típica cuando uno va roto:
“Bueno… hasta el 15”.
Después:“Bueno, faltan cinco”.
Después:“Con llegar al 18 ya”.
Después:“Bueno, estos tres ya salen solos”.
Había puntos donde el agua ya estaba caliente porque las neveras se vaciaban y tocaba traer más. Entonces el agua llegaba al clima, pero igual uno se la echaba encima feliz.
El soft flask fue salvador.
En esos tri-camp habíamos hecho prueba de sudoración y yo sudo muchísimo corriendo en calor. El plan con Mapis incluía llevar un soft flask con Carbs para los primeros kilómetros y después hacer refill de Gatorade según necesitara. En lugar de tomarme un vaso rápido, pedía que me llenaran el termo y me lo iba tomando poco a poco mientras corría.
Ahí el tiempo ya no importaba.
Era sobrevivir.
Y al final eso fue la carrera:
Sobrevivir. Resolver. Seguir.
Cuando ya iba llegando miré la pantalla de la meta para revisar una duda existencial importantísima: que no dijera “Laura”.
La noche anterior, empacando, había embolatado los chips y nunca supimos realmente cuál era cuál.
En la foto de llegada salgo mirando hacia arriba revisando si sí era mi nombre.
Por fortuna sí decía Felipe Camacho.

Y ahí estaba Laura.
Esperándome en la meta después de haber hecho una carrerota ella también.
Correr por el tapete rojo de IM, llegar al arco y verla allá al final fue demasiado especial. Como que uno siente de golpe toda la preparación, todos los tri-camp, las madrugadas, los fondos en calor, los entrenamientos juntos, las conversaciones y el cansancio acumulado.
Era distinto a Panamá, donde llegué primero, recogí la medalla y ya.
Esta vez había un abrazo esperándome al final. Uno que necesité durante muchos kilómetros. Estaba roto. Muy roto!

Porque al final no son solamente los minutos de la pinchada. Es lo que esos minutos le hacen al resto del día.
Más viento.
Más calor.
Más soledad.
Más tiempo expuesto.
Más cabeza.
Y aun así… se logró resolver.
De hecho, llegando vi un man con los zapatos en la mano y empujando la bici a varios kilómetros de la meta y pensé que fácilmente pude haber sido yo si ese man no se devuelve a regalarme una pala.
Y eso también me gusta del deporte.
Uno entrena en equipo.
Pero compite solo.
Sufre solo.
Pero siempre aparece alguien.
El que se devuelve.
El que ayuda.
El que hala.
El que le llena el termo.
El que le pasa un gel.
El que pregunta si uno está bien.
El que le da la mano.
El que le da un grito de aliento.
Y a veces terminar una carrera depende justamente de esos pequeños momentos.













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